Sobre Mí

Nací en Sevilla en 1962. Heredé de mi padre la sensibilidad por la belleza, por el arte. De mi madre, la devoción que se respiraba en las casas modestas de mi infancia por la cultura, por el saber. Me hice muy pronto empleada pública, siguiendo los consejos de mi padre.

 

Recuerdo perfectamente cuándo aprendí a leer, y cómo mi profesora de párvulo me paseaba por las clases de los más mayores como si yo fuera un experimento. Desde entonces, siempre me acompaña la lectura. Las estanterías de mi casa están repletas de amistades incombustibles que van a más con el tiempo. Y es que, de leer a escribir hay un solo un paso. De hecho, leer es una manera de escribir; como afirmó la sabia y profunda Marguerite Duras.

Mis libros son una manera de nutrirme. Una forma modesta de ponermede puntillas y jugar a desvelar el misterio.

 

Lo que escribo: desde el relato más breve hasta una novela premiada, todo me ha servido para ir creciendo de una manera pausada, sin prisas, a mi manera, (como la canción).

 

Todo pergeñado con la misma entrega y a ese ritmo interno que marcan para mí las circunstancias de la vida, (por supuesto), y mi propio diapasón. Esta etapa desde la que ahora escribo, la vivo con la sensación de que todo lo anteriormente hecho solo estaba destinado para que llegase a este momento.

No digo que no me esté costando esfuerzo: una página arrancada al papel en blanco hay que sudarla con tinta (nunca mejor dicho); pero encuentra mejor acomodo esta investigación del mundo y de mí misma (cómo no), en un alto donde la ventaja de ir cumpliendo años reside en que el tiempo es más de una que antes, y que las luces de la calle ya no te deslumbran. Donde hay una especial franqueza con las limitaciones, una reconciliación con la manera de ser más profunda. De hecho, hay autores que, llegado un momento, se plantean la literatura como una indagación de su propia vida y surge ese género que denominan autoficción. Hacen de su vida la materia literaria. No es ese mi caso, al menos de momento; pero qué duda cabe que escribir es poner mucho de uno mismo en juego.

Y así iremos viviendo, porque escribir es una manera extraña pero luminosa de vivir y, porque el empeño, bien merece la entrega. Y al decir entrega no creo exagerar, *quien lo probó lo sabe. Los devotos del papel en blanco que se presenta desafiante y altivo, sabemos lo difícil que es extraer ese jugo depurado y extraño, y que encima sea novedoso. Que nadie de los que a él se asomaron antes hubiese desvelado tal combinatoria con su atrevimiento.

Ese papel al que mejor enfrentarse, al menos, con una cierta esperanza de que todo va a salir bien, subyace como una interrogante con una forma difusa pero persistente; como una especie de neblina. Y todo para explicarnos a nosotros mismos de qué va todo esto; de qué está hecho el misterio que siempre nos rodea. Y aunque sepamos que ese velo nunca se alzará, ahí lo seguiremos intentando.

 

Por eso somos observadores, niños no crecidos, exégetas de lo cotidiano; ojos ávidos que todo lo contemplan.

 

*extraído de un soneto de Lope de Vega

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